Llegó a esa casa a los 8 años. Era nueva. Su padre la había mandado construir a su gusto. Ella la odiaba. La habían separado de sus amigas de toda la vida, y lo peor de todo es que su habitación era más pequeña y tenía que compartir su baño con sus dos hermanos mayores.
- No me gusta vivir aquí - decía entre llantos cada tarde cuando veía a las niñas salir a la calle a jugar.
Odiaba profundamente que su padre ya no se preocupe en llevarla al colegio todas las mañanas en su auto. Era la niña de 8 años más triste de la tierra
Al contrario que en la casa anterior. Esta tiene una azotea cercada. Así que sus papás dejaban que juegue en ella sin temor a que se caiga. Fue así como encontró el mayor de sus placeres: Cada tarde después de comer subía a la azotea. Se quitaba los zapatos y se echaba en el suelo a mirar las nubes e imaginar formas. Su pequeño perrito pequinés de color marrón se le acercaba. - Ay popi, tu eres el único que me quiere - Su perro le lamía los dedos de la mano y ella le acariciaba la cabeza. Entonces las lágrimas empiezan a caer, una tras otra... Ella se limpia la cara con la mano sucia, se pone de pie y se para en el borde sintiendo el viento de la tarde. Siente el frío en los dedos de los pies, los mueve para que no se entuman. Los mira y ve la caída de 4 pisos que tiene a sus pies. No tiene miedo, quiere dar un paso adelante y acabar con su sufrimiento. Las rodillas le tiemblan, sus ojos están llenos de lágrimas que se resisten a caer. Levanta la mirada y ve el color rojizo del sol ocultándose en el horizonte.
La niña de 8 años más triste de la tierra sueña con salir volando a un lugar donde pueda ser feliz.
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